La enfermedad del domingo
Una imagen vale más que mil palabras
Con motivo de la 68 edición de la Berlinale, en 2018, el director malagueño Ramón Salazar recala en el festival 16 años después de haber presentado al público su primer largometraje, Piedras, en la sección oficial. Esta vez se presenta para lucir su cuarto largometraje eminentemente de ensueño, a la par que impactante, una vuelta al cine de autor de muchísimo nivel estético que, desgraciadamente, ha dejado de estar al uso hoy día. La enfermedad del domingo es un relato inaudito, espléndidamente elaborado por su director, que va más allá de una obra artística. El autor desempeña una precisión de cirujano diestro, que mide diez veces antes de hacer un corte. Y consigue realizar unos ´cortes´ de una complejidad emocional poco vista en el cine actual. Nada está al azar, nada escasea o está de más. Cada detalle sirve para algo, cada secuencia, plano o movimiento de cámara, cada palabra, tienen un fin que llena al espectador de una carga emocional sin parangón. Es una película donde se destaca la belleza visual, que traspasa la pantalla no solo por la meticulosa labor de Ramón Salazar, sino también por una interpretación de libro de dos actrices que saben trasladar su mensaje dramático a través de silencios atronadores y de miradas que valen más que mil palabras. Por otro lado, el desafío del director Ramón Salazar reside en su habilidad de crear una atmósfera melancólica y embelesadora recurriendo a pocos diálogos. En efecto, la cinta consigue llegar hasta los más recónditos lugares de nuestras almas mediante mucho silencio, gestos y cadencia lenta, donde prevalece el buen gusto de un cineasta que ha logrado sacar lo mejor de sí mismo.
El pasado que alcanza por detrás y sacude
La preciosa y preciada actriz Bárbara Lennie encarna a Chiara, ya toda una mujer de 35 años, que nunca ha dejado de sobreponerse tras el abandono de su madre, Anabel (Susi Sánchez), cuyo retorno había esperado, pegada a una ventana, a partir de los ocho años. Como nunca volvió a casa, Chiara se hace pasar por camarera en una gran cena benéfica que arma su madre con el fin de dejar al descubierto que ella es la hija a la que Anabel abandonó hace tantos años. A Chiara se le revela una señora fina, de punta en blanco, muy bien situada social y económicamente, en pleno contraste con su sencillez. La joven ha venido para hacerle a su madre, Anabel, un pedido inusitado: quiere que pase unos diez días al lado suyo, después de lo cual, se despedirán para siempre. Con mucho recelo, Anabel, que tiene ahora otra familia, sucumbe a la petición de Chiara y acepta dejar atrás la ciudad e ir a su antigua residencia, una casa rural en los Pirineos franceses. La escena en la cual se acuerda bajo contrato los términos a seguir en cuanto a la expedición es desgarradora y viene a ser el comienzo de una sarta de interacciones silenciosas entre madre e hija, donde el baile de las miradas entre las dos parte el corazón.
Durante el tiempo que pasan juntas, Chiara, a su manera- a veces con odio visceral, otras veces con mofas hacia Anabel- trata de hacerla darse cuenta del pozo en el que había metido a una niña que llevó años llorando por su ausencia. A su vez, Anabel va entendiendo lo que padeció su hija por su culpa y aguanta cada vez que Chiara decide darle un escarmiento. Por ejemplo, cubre de barro y le enjuaga la cara con una manguera a su tan elegante madre, hasta estallar frente a la ventana por la que miró todos estos años a la espera de la que le dio la vida (ventana en la que aún mira mientras está borracha) lanzándole una taza que le provoca una herida sangrante. Lo bueno es que toda esta descarga emocional hace que su relación se vuelva más cercana, al grado que Chiara le confiesa que adolece una enfermedad que no tiene cura. Así, Anabel termina por descubrir el porqué de su sorprendente estancia en la casa de su hija por diez días.
A lo hecho, pecho
No se nos desvela del todo el motivo por el cual Anabel abandonó a su hija, solo un seco “me fui porque quería más” al confesarse a su exmariado en su reencuentro cara a cara. Aunque no lo dice directamente, deja que se sobrentienda que aún no ha dado con la tecla de la plenitud, ya que prosigue: “nunca es suficiente, es agotador”. Rehuir el pasado no es la solución de zanjar un problema, ya que casi siempre la vida te obliga, tarde o temprano, a dar la cara, a afrontar tus miedos. Justamente esto pasará en esos diez días con Anabel. La vida le está cobrando y hace que se redima ante aquella a quien hizo esperar toda su vida, su propia hija.
Una película que sabe a poco
La enfermedad del domingo es una cinta perturbadora, memorable, visualmente impecable, que da fe del enorme talento de su director, así como de su elenco principal, Susi Sánchez, la ganadora del Goya a la mejor actriz en 33 edición de los premios, y Bárbara Lennie.

